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Los imitadores de
Calderón por Jaime
Siles
El 27 buscó en Calderón
aquello que Góngora no podía darle: Dámaso
Alonso vio en él una manera de “peinar la maraña
del mundo y la niebla del pensamiento”; Eugenio
Frutos analizó la filosofía a ello subyacente;
Alberti investigó, en El hombre deshabitado
las posibilidades lírico-teatrales del auto
sacramental, con las que ya había experimentado
en Sobre los ángeles; Lorca se inspiró en
El mágico prodigioso para acuñar el
título de La zapatera prodigiosa, como
Miguel Hernández –que se basará en Calderón para
El torero más valiente– titulará el mejor
de sus dramas Los hijos de la piedra, a
imagen y semejanza de La hija del aire
calderoniana, de cuyo primer acto tomó Alberti
el título de uno de sus libros poéticos más
interesantes: Yo era un tonto y lo que he
visto me ha hecho dos tontos. Calderón no ha
dejado de ser actual nunca: muy pronto lo
imitaron Corneille, Boisrobert, Boursault y
Scarron en Francia; Digby, Lower y Dryden en
Inglaterra, y, más tarde, un larguísimo etcétera
que incluye a Marivaux y a Shelley, a Hoffmann y
a Hoffmansthal, a Camus y a Grotowski. El
romanticismo alemán –sobre todo, Schlegel y
Schelling– fue particularmente generoso con
Calderón, en el que supo reconocer la
singularidad de su concepto de tragedia y su
sentido de la obra como arte total, que tanto
impresionó después a Wagner.
Hay, pues,
en Calderón muchas de las primeras máscaras del
complejo perfil de lo moderno. La
autorreferencialidad es una de ellas: Calderón
se autoplagia tanto como se autocita, dando
muestras de una muy consciente intratextualidad,
asumida como juguete cómico y como guiño
cómplice a la vez. La hija del aire lleva
esto hasta sus últimas consecuencias: no sólo
porque comparte versos y situaciones que
encontramos también en El José de las mujeres
y en No hay burlas con el amor y, más
tarde, en Amado y aborrecido, sino porque –como
ha explicado muy bien Javier Aparicio– utiliza
la figura del gracioso para integrar el espacio
dramático dentro del escénico. La hija del
aire –cuyas fuentes clásicas son la
Biblioteca Histórica de Diodoro Sículo y
los Facta et dicta memorabilia de Valerio
Máximo– es un drama filosófico sobre el destino
y el poder, dos de los grandes temas del
Barroco, por los que ya había transitado el
teatro isabelino y al que, en la estela de
Séneca, había añadido su grano de arena en 1579,
con La gran Semíramis, Cristóbal de
Virués. Calderón le da un tratamiento que
aproxima su obra a la tragedia griega clásica en
la medida en que describe la prisión ontológica
de la protagonista, que no sabe si su albedrío
es libre o esclavo y que prefiere ser víctima de
la verdad a serlo de la imaginación. Calderón
redefine y amplía el concepto de mímesis y lo
reconduce por un ámbito en cuyo fondo late otra
de las obsesiones de la época: la razón de
estado y todo el pensamiento político del
Leviatán de Hobbes.
Tragedia
eminentemente política, La hija del aire
lo es de un modo doble: por un lado,
tematiza el deseo de la protagonista, por entero
entregada a su desmedida ambición de poder; y,
por otro, el de la libertad del individuo, que
sufre la violencia de un destino y de un
carácter a los que no se quiere ni se puede
oponer. La figura de Semíramis no es ni griega
ni cristiana: pertenece a un limbo, entonces aún
no historizado, el de la leyenda asiria, que
permite a Calderón seguir la evolución fatal y
psicológica del yo femenino que la encarna. Su
relación con el Macbeth de Shakespare
–vista por Angel Valbuena– es, pues, bastante
exacta : ambos son emblema de un tiempo turbio e
hipersubjetivo, como el nuestro. Atrae en ella
la catarsis, derivada de la identificación
admirativa que en nosotros produce la heroica
asunción de su destino que hacen los personajes
y en el que no hay desarrollo de la acción que
no sea –como en el Ayax de Sófocles– el
de su propio carácter. La actualidad de la obra
–y más en esta coyuntura política– no reside, o
no reside sólo, en la meditación sobre el poder
que implica, sino más bien en la condición
imaginaria y fantasmal del mismo. Semíramis
–como nosotros– es más víctima de sus sueños que
de su realidad. Tiresias intenta en vano
protegerla de sí misma y se equivoca –como nos
solemos equivocar los hombres– en la solución.
SILES,
Jaime |