Delibes (Foto: C. Conesa) y Tomeo (Foto: J.
Moreno)
Miguel
Delibes y Javier Tomeo cara a
cara Dos narradores en el
escenario cara a cara
El 19 de marzo se estrena en el Real
Cinema de Madrid Las guerras de nuestros
antepasados, adaptación de la novela homónima
de Miguel Delibes que está protagonizada por
Manuel Galiana y Juan Jesús Valverde. Se trata del
segundo título de la trilogía del escritor
vallisoletano que José Sámano lleva a escena, una
trilogía que inició con la obra Cinco horas con
Mario y que culminará con La hoja roja.
También esta semana otro narrador, Javier Tomeo,
ve su obra La agonía de Proserpina adaptada
a las tablas. El Centro Dramático de Aragón ha
encargado su dirección al suizo Félix Prader, que
la estrena hoy en el Principal de Zaragoza. Ambos
narradores hablan para El Cultural de las
versiones escénicas de sus obras y de sus
colaboraciones
teatrales.
Fue hace 14 años cuando se estrenó por primera
vez en Madrid La guerra de nuestros antepasados,
un montaje memorable protagonizado entonces por José
Sacristán y Juan José Otegui. José Sámano, que ya
la produjo entonces, la ha rescatado ahora en una
versión que firma el propio Delibes y Ramón García.
El autor también ha supervisado las versiones de las
otras obras de la trilogía que se verán en Madrid
el próximo mes de septiembre –Cinco horas
con Mario, interpretada por Lola Herrera–
y La hoja roja, cuyo estreno está previsto
para el próximo año.
También las novelas de Javier Tomeo han sido llevadas
a la escena con éxito en numerosas ocasiones, tanto
en España como en el extranjero. La agonía de Proserpina
salta ahora del papel a las tablas bajo la dirección
del Félix Prader, que ya dirigió anteriormente su
Amado monstruo, para la Shaubühne de Berlín,
y El estudio de la carta cifrada para la Comédie-Française.
La obra tiene dos únicos personajes –un escritor
y una dependiente de una carnicería– y en ella
los límites entre realidad y ficción vuelven a borrarse,
al igual que en trabajos anteriores como Los misterios
de la ópera, también llevada a la escena en Madrid.
–Su obra es muy representada en los escenarios.
¿Qué características cree que la hacen atractiva para
el teatro? ¿Por qué no escribe directamente teatro?
–Miguel Delibes: Nunca intenté escribir
directamente para el teatro. No sé. En cambio a novela
leída advierto enseguida si es apta o no para su adaptación
teatral. Hasta ahora no me he equivocado.
–Javier Tomeo: El diálogo. Eso es lo
que prevalece en mis novelas. Algunos hablan incluso
de monodiálogo: uno habla, el otro escucha. Pocos
personajes. No hay apenas descripciones. Personajes
confinados por lo general en espacios cerrados, que
facilitan al adaptador una visión anticipada de esas
criaturas moviéndose ya por el escenario. No escribo
directamente para el teatro porque no sé hacerlo.
La palabra que se escribe para ser leída en silencio
no tiene el peso específico que el de las palabras
que se escriben para ser dichas, para ser actuadas.
–¿Ha quedado satisfecho con las adaptaciones
escénicas de sus obras? En el caso de este texto,
¿qué ventajas y limitaciones impone el teatro frente
a la novela o el relato? ¿Cambia su significado?
–M.D.: La diferencia son las limitaciones
de tiempo y espacio. Una vez aceptado esto las versiones
escénicas no ofrecen dificultades.
–J. T.: Por lo general, me han satisfecho.Unas
más que otras. Algunas llegaron incluso a emocionarme
por la lectura inteligente del texto que hicieron
el director y los actores. Un texto teatral exige
llevar el principio de economía literaria a sus extremos.
Las palabras precisas, en el momento preciso. No sirven
las pirotecnias literarias. El resultado final, sin
embargo,debería ser el mismo.
–¿Quién o qué inspiró esta obra?
–M.D.: Salvo raras excepciones yo no
sé quién inspiró mis novelas y en consecuencia, mis
obras de teatro. Sin duda el fantasma de la guerra
gravita en Las guerras de nuestros antepasados.
La guerra nuestra, la civil.
–J. T.: La vida, obviamente, es la única
fuente de inspiración de una novela o de un texto
dramático. Algunas veces el autor se limita a delimitar
un espacio literario determinado y a situar a sus
personajes en el interior de ese espacio. Ellos empiezan
a moverse inmediatamente y en ocasiones toman sus
propias decisiones y eligen los caminos que prefieren.
Esos entes de ficción pueden tener incluso reacciones
en cortocircuito. Sobre todo cuando el autor escribe
a base de automatismos psíquicos, sin un argumento
planificado de antemano.
–Con la escasez de obras de autores contemporáneos
que se llevan a escena, ¿cómo interpreta que las compañías
recurran a la narrativa?
–M.D.: En mi caso las Compañías de Teatro
no han recurrido a la narrativa. Fui yo quien vi en
mis dos novelas Cinco horas con Mario y Las
guerras de nuestros antepasados sendas funciones
teatrales. La cosa vino rodada, ambas se estrenaron
hace más de 20 años en Madrid, a teatro lleno, y así
siguieron durante meses. El lleno se repitió en Barcelona.
Y a lo largo de los últimos 25 años han vuelto a reponerse
tres veces con gran éxito. La Compañía es mínima (dos
actores en Las guerras de nuestros antepasados
y uno en Cinco horas con Mario) con lo que
las relaciones con el autor siguen ganando en naturalidad
y confianza. Con José Sámano a la cabeza antes que
de una compañía podríamos hablar de un grupo de amigos.
–J. T.: He oído decir (mi incultura teatral
es notoria) que hasta hace relativamente pocos años
no se conocía la figura del director teatral. Era
el primer actor de la compañía quien dirigía a sus
compañeros. En aquellos tiempos lo que representaban
eran textos específicamente teatrales, no adaptaciones
de novelas. Prevalecía el sentimiento. Ahora hay un
teatro con pretensiones que se ha intelectualizado
y los directores recurren a las novelas que exigen
ser traducidas al lenguaje escénico –algunos
hablan de lecturas verticales y horizontales–
y en esa traducción tienen oportunidad de demostrar
su talento. El desafío que les presenta una novela
que debe ser llevada al teatro es mayor y, por lo
tanto, más seductor, que el que les supone un texto
dramático.
–¿Se implica en el montaje, supervisa las versiones,
sugiere los actores o directores que le gustaría que
participaran? ¿Qué condiciones impone, cómo es su
relación con la compañía?
–M.D.: Mi relación se establece con Sámano,
persona muy inteligente y buen amigo, y Sámano se
relaciona con los actores. Da la casualidad que Sámano
y yo compartimos puntos de vista sobre la obra y tenemos
un sentido del humor muy parecido. De ahí que el acuerdo
no sea difícil.
–J. T.: No, nunca. No intervengo en las
versiones que me proponen los directores, sólo cuando
me lo piden. Durante los ensayos me limito a estar
sentado y en silencio en la última fila. Podrá gustarme
más o menos lo que veo y oigo, pero respeto siempre
el trabajo de la gente de teatro. Pienso que yo escribí
libremente la novela, sin nadie que me impusiese condiciones
y que, del mismo modo, el director debe trabajar también
con absoluta libertad. Estoy, sin embargo, a su disposición
para todas las consultas que quiera hacerme.
–¿Es espectador habitual de teatro? ¿Cree que
el teatro ha perdido prestigio social entre la élite
cultural de este país?
–M.D.: Vivo en Valladolid y cuando he
podido frecuentar el
teatro ya no oía bien (tengo 82 años). Era un medio
espectador. Antes había poco teatro en Valladolid
y para desplazarme a Madrid exigía muchas cosas, entre
ellas calidad. A Madrid apenas me llevaba Buero y,
a veces, un actor de solvencia. En resumen he visto
poco teatro.
–J. T.: No soy espectador habitual y
creo que el teatro ha perdido prestigio social entre
la elite cultural del país. Pero la culpa no es, obviamente
del teatro, sino de los manipuladores y oportunistas
de siempre.