ENTREVISTA:
NORMA ALEANDRO - Actriz "Me tendrán que sacar del teatro tirándome
de los pelos"
ROSANA
TORRES - Madrid
EL PAÍS | Espectáculos
- 23-09-2003
La actriz Norma Aleandro la pasada
semana en Madrid. (LUIS
MAGÁN) ampliar
"La
ciencia enseña más del hombre que la historia, que
es medio mentirosa"
"Si
alguien cree que en Argentina todos somos actores
o psicoanalistas, ¡está en lo cierto!"
La bonaerense Norma Aleandro se subió a los nueve años a un
escenario y a los 13 empezó a tomarse en serio eso de ser
actriz. Creció en el ambiente de una familia de teatro y, como
ocurre a muchos hijos de actrices, fue criada por su abuela
materna, que era de Arévalo (Ávila): "Yo conocía Arévalo,
aunque no hubiera estado nunca, con los ojos cerrados". Su
padre, el actor Pedro Aleandro, se casó con la actriz
madrileña María Luisa Robledo, a la que llevó a Buenos Aires
siendo muy joven. La madre de Norma, aún hoy, con 92 años, da
recitales con textos de Cervantes, Góngora, García Lorca, Lope
de Vega o Eduardo Marquina, autor este último que da nombre al
teatro de Madrid donde su hija representa estos días, junto a
Sergio Renán, Mi querido
embustero, de Jerome Kilty.
Aleandro, cuando representa personajes como el de esta obra
-una conocida actriz que mantuvo una larga y oculta relación
con Bernard Shaw- o como La señorita de
Tacna, de Mario Vargas Llosa, no puede evitar hacer
paralelismos con el significado último de la vida, concluyendo
que ésta es algo que pasa rápidamente y tras caer el telón ya
no hay nada más: "A mí me fascinan esas obras, me gustan, es
como ensayar los pasos de la vejez, la muerte... Y es que la
vida es eso, y es mejor saber que uno tiene canas, aunque se
las tiña, cuando aparecen". Y añade: "Hay que acostumbrarse al
paso del tiempo, en Occidente tenemos una cultura que no nos
prepara ni para la vejez, ni para la muerte, y nos coge como
de sorpresa, como si no fuera con nosotros..., uno debería
prepararse para ese tránsito lo más dignamente posible".
Para Norma Aleandro, el teatro es muy generoso con el
actor: "Te permite ensayar esas cosas, e incluso meterte en la
piel de seres que a lo mejor desprecias y vivir situaciones
que uno desconoce".
El talento de esta gran actriz sólo empezó a ser conocido
fuera de las fronteras de su país gracias a sus trabajos
cinematográficos. Sobre todo por dos películas: La historia
oficial, de Puenzo, donde hizo su primer papel
protagonista en 1985, y El hijo de la
novia, de Juan José Campanella. A ella le hace
gracia que esto le haya ocurrido ya mayor, cuando llevaba
décadas dejándose la piel a tiras encima de los escenarios.
"¡Pero qué cosas tiene la vida tan raras!", comenta. Hace muy
poco, Norma Aleandro ha terminado de rodar Seres
queridos, película de Harari y Pelegrí que ha
producido Gerardo Herrero. "No hice antes nada de cine porque
no tenía operada la nariz, y en Argentina todas las actrices
de mi edad tienen naricitas, porque si no era imposible
trabajar para la gran pantalla".
Habla con menos orgullo de su candidatura en 1986 a un
Oscar como mejor actriz protagonista por Gaby -de L.
Mandoki- que del hecho de que en Argentina se la conozca por
su trabajo en el teatro. Valora, sobre todo, el premio Obie
del Village Voice que le entregó Robert de Niro -él lo
había recibido el año anterior- por su trabajo en los
escenarios teatrales de Nueva York.
Aleandro se gana la vida como actriz, directora de teatro y
de ópera, pero mantiene una serie de actividades, unas más
ocultas que otras, a las que se entrega con pasión y
minuciosidad. Una es la escritura: de hecho, ha publicado con
un cierto éxito algunos libros de poemas, de relatos breves y
de teatro, aunque confiesa que la mayor parte de su producción
literaria permanece oculta. Otra es la pintura, pero "sólo los
muy allegados tienen algún aleandro". Sin embargo, su
interés más oculto y del que nunca habla es su afición por las
matemáticas, la astronomía y las ciencias exactas: "Fue ya
mayor cuando descubrí a Planck, Einstein, Hawking o Hoyle,
algunos de los grandes teóricos que escribieron textos
introductorios para los neófitos. Me ayudaron a comprender
algo que siempre me ha fascinado, que es el universo, además
de la antropología y las religiones comparadas..., ahí es
donde podemos estudiar mucho mejor al hombre que a través de
la historia, que siempre es medio mentirosa", dice la actriz,
que a pesar de su miedo a volar estaría dispuesta a apuntarse
a un viaje a Marte.
Como Stella Campbell, el personaje que ahora representa,
Norma Aleandro confiesa "tendrán que sacarme del teatro
tirándome de los pelos, y quiero terminar rodeada de mi
familia y de los míos". Una familia típicamente argentina.
Ella es actriz; su marido, Eduardo Le Poole -con el que lleva
más de treinta años-, psiquiatra psicoanalista. Luego está el
hijo de Norma, Óscar Ferrigno, que se dedica a las mismas
labores que su padre, ya fallecido, las de actor y director, y
también tiene un nieto que ya apunta maneras.
Fue su familia, y también su propio país, los que cortaron
su carrera en Hollywood, que la actriz inició en los años
ochenta. "Al final me quedé donde tenía el corazón. Nunca
dejaría mi país, y menos aún cuando esté enfermo, como tampoco
dejaría nunca a un amigo".
Sobre su familia, comenta: "Si alguien piensa que en
Argentina todos somos actores o psicoanalistas..., ¡está en lo
cierto!".
Aleandro, que habla sin pudor de lo sorprendida que está de
que pasen años y años y no desaparezcan los deseos de estar
junto a su marido, dice que se lo pasan muy bien juntos
"porque ni yo me pongo de actriz estupenda, ni él saca el
psicoanalista que lleva dentro, se limita a asistir a los
estrenos temblando". Eso sí, recurrió a él para interpretar a
una enferma de Alzheimer en El hijo de la
novia: "Me dio pautas de comportamiento, porque yo
no quería que la enfermedad pasara a un primer plano, sino la
personalidad de esa mujer".
También la actriz comparte con la Campbell el sentido del
humor: "Detesto la autocompasión, el humor me ha salvado
muchas veces de caer en la amargura". Una amargura que afloró
cuando Aleandro y su familia tuvieron que exiliarse en 1978 a
España, tras ser ella amablemente invitada a abandonar
Argentina en 24 horas tras una llamada telefónica anónima, una
bomba de gas en el teatro y una bomba con explosivos en su
casa.
Aleandro deja aflorar en su trabajo en el teatro Marquina
de Madrid su debilidad por los perdedores, como el personaje
que interpreta: "Siempre me pasa, yo veo a un buen profesor
que lleva su trajecito de muchos años e inevitablemente me cae
bien, como cuando conozco a un político que no tiene coche, es
como si fuera una garantía de que no han hecho trabajos
sucios".
Algo así pasa cuando se observa su pequeña mesa en un
céntrico hotel madrileño. En ella se ven libros de
ilustraciones de Chagall, Hopper, Klimt o textos de Yasunari
Kawabata, Marguerite Duras, Bram Stooker, H. G. Wells,
Marguerite Yourcenar o Henry James.