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ARGENTINA. FESTIVAL INTERNACIONAL DE BUENOS AIRES. Enviado por el CELCIT. (12/01/04)

PACO DE LA ZARANDA: "El teatro no me gusta"

Su grupo acaba de cumplir 25 años. Vienen por octava vez y traen su última obra, "Ni sombra de lo que fuimos".

A los 13 ó14 supe que lo mío iba a ser el teatro", dice Paco, frente a una cerveza nacional, a las 11 de la mañana. Antes, Paco era Sánchez de apellido pero desde hace años decidió llamarse Paco de La Zaranda para poder nombrarse igual a la banda transhumante que dirige y que entiende el oficio del escenario como una manera de estar en la vida. Paco dice teatro, no dice actor. "Es que a los 18, cuando viajé de Jerez a Madrid, me intenté meter en algunos grupos y no servía como actor", acepta. El tipo quería otra cosa. No sabía qué, aún no lo sabe, dice, pero era un aire, un cable a tierra o al cielo, un destino que pasara por afuera de la pose y la figuración. Y entonces, a los 22, porque no encontraba en ningún lado lo que buscaba como un desesperado, armó La Zaranda, Teatro Inestable de Andalucía la Baja.

Ahora, 25 años después, trae de regalo un libro que escribió un colombiano, Wilson Escobar Ramírez, editado a todo trapo hace pocos días en México: La Zaranda, tanta pasión, tanta vida. Ellos —los integrantes de la banda— no tenían idea de la gestación de ese libro. "Parece bonito. La verdad: no lo he leído. Tendría que ponerme las gafas y no quiero andar con ellas...", dice Paco, y ladea la cabeza. En unas horas montará en el Teatro de la Ribera una calesita destartalada, con un único caballo, sobre la que se extienden las imágenes de Ni sombra de lo que fuimos, última obra del grupo que es uno de los atractivos del Festival Internacional de Buenos Aires.

El grupo cumplió 25 años. ¿Cómo logra que La Zaranda no se le transforme en un matrimonio con sus rutinas y obligaciones?
La fórmula es fácil: seguir soñando. Seguir soñando con que va a venir la mujer ideal. La obra ideal. Uno busca lo absoluto. Hay una cosa que yo he descubierto: que el tiempo, en el teatro, tiene que desaparecer. El tiempo, en el teatro, se tiene que convertir en espíritu. No hay para mí nada más nefasto que ir al teatro y mirar el reloj. En el teatro se parten los relojes, se detiene el tiempo. En ese mundo onírico, como pasa en los sueños, el tiempo es otro. Parece una tontería, pero cuidado: en ese tiempo imaginario ya llevamos 25 años. Soñamos cada trabajo y nos soñamos a nosotros mismos.

¿Se puede hablar de alguna fórmula?
Nosotros huimos un poco del teatro. El teatro ha intentando atraparnos pero no ha podido. El teatro no me gusta, sólo buscamos algo que no conocemos. No hay personajes siquiera: ellos suceden en la conciencia del espectador. Y espectador no es tampoco una palabra que me guste: comulgante suena mejor. Yo siempre digo que mientras haya en la plata uno solo que comulgue yo me salvo del psiquiátrico. El teatro sigue siendo, y siempre ha sido, un acto religioso: que viene de re-ligar. El teatro era sagrado y para algunos lo sigue siendo.

Hay un orden en ese búsqueda. Hace dos años usted había anunciado el espectáculo que ahora presentan...
Claro, igual que ahora estoy trabajando en lo que vendrá. Cada trabajo acarrea frustración: lo que tú querías no está.
¿Y qué es lo que no está en Ni sombra de lo que fuimos?
Yo creo que nada de lo que quería. Uno no hace lo que quiere. Eso lo pueden hacer los artistas. Yo soy un obediente. Obedezco mis voces interiores y las pongo con las voces interiores de mi gente. Y luego está la voz interior común, y por ahí, de milagro, se rozan.

¿Cuál es la propuesta de la obra?
Es que después de 25 años no somos ni peores ni mejores, pero nada, seguro, de lo que fuimos. A cada uno ese título le suena de manera distinta. El espacio escénico es un carrousel desvencijado, con un solo caballito, donde yo me quería montar de niño: no quería subir ni a la barquita, ni en la sillita, yo quería subirme a ese caballo que me hacía soñar. El otro día en Brasil un crítico me preguntaba si ese carrousel era el mundo. "Si para tí es el mundo, es el mundo", le dije, porque yo no me meto en lo que sucede con los comulgantes. A veces voy a los museos ya no a mirar cuadros sino a que los cuadros me miren. Y a veces me enfado porque digo: no me está mirando ninguno.

Hay una forma teatral para ese decir...
Eso es lo verdaderamente importante: el cómo se dice. Esa manera de continuar con el discurso del hombre desde que el hombre es hombre. Ahora, para mi lo que no es válido es todo el mamarracho de falsas vanguardias y de rupturas por rupturas y todo eso. Nosotros andamos en busca de que la antorcha no se apague.

Usted dice que el hecho teatral sucede. Ahora bien: se siente, con 25 años de historia, más acertivo a la hora de convocar a que eso suceda.
Lo que yo creo que uno sigue buscando es libertad. Pero no la libertad social que en mi país me permite hacer cualquier cosa. La libertad de crear. Tal vez, cuánto mayor experiencia tienes en el teatro, porque has intentado más veces ese tipo de libertad, algo puedes ir consiguiendo.

En sus obras, la belleza y el desencanto están siempre presentes.
Jugamos con la basura del alma del ser humano. ¿Has visto los cartoneros? Bueno, recogemos nosotros lo que el alma humano va dejando por ahí. A mí me gusta decir que quiero tiempo para perder: mientras tenga tiempo que perder, estoy vivo. Esa libertad es la más preciosa: la que te define cómo juegas. Un niño es libre cuando juega. Soy un niño: me quieren hacer adulto pero no quiero. Un niño que de vez en cuando se toma una cervecita.

El manejo del grupo, ¿es fácil?
Es que están todos locos. Aquí hay una manera de ver, hacer, entender y vivir el teatro. Todos sabemos que lo que menos importa somos nosotros. Lo que más importa es lo que no se ve: que suceda ese silencio imposible, ese silencio perfecto. El instante que abre el instante. Eso mi gente lo sabe. Y si con cada puesta trabajamos tres meses encerrados y a veces alguno, porque ahora que estamos más viejos estamos menos listos, se escapa con viejos trucos de actor y le decimos: vamos, estás haciendo teatro. Y cuando haces teatro, el teatro no aparece.

Pasaron dos cervezas y Paco sacude el grabador hasta apagarlo y dice basta. Antes, explica por qué descree de la formación teatral. "El aprendizaje requiere método de años. He dado talleres de cinco días y, en lo mejor, se terminaban: eran como si te sacaran a una mujer cuando estás follando con ella", dice. Y no quiere hablar de obras literarias o películas que puedan respirar un aire parecido al de La Zaranda y, mucho menos, no quiere dedicar ni un párrafo andaluz a los teóricos del teatro. Y dice que cuando quiere alimento mira para atrás y por eso termina leyendo más textos teológicos que otra cosa. "Tío, qué culpa tengo yo de ser tan antiguo: sólo escucho las voces de los poetas, los niños, los borrachos y los santos", dice, antes de perderse en las librerías de libros viejos que se dispersan sobre la Avenida de Mayo.

Camilo Sánchez. Clarín. 19 de septiembre de 2003

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