Pippo Delbono
“El teatro se ha intelectualizado demasiado”

Director,
dramaturgo y, sobre todo, agitador teatral, el italiano Pippo Delbono
es el artífice del llamado “teatro de la rabia”, una concepción
escénica muy emocional que él define como “un grito de libertad” y con
la que ha recorrido escenarios tan importantes como Aviñón. Esta semana
el Festival Internacional Punto Aparte de Murcia le rinde un homenaje
que coincide con su visita a España, la presentación de su película Guerra y la aparición de su libro El teatro de la rabia.
El
nombre de Pippo Delbono (Varazze, Italia, 1959) aún no ha adquirido en
España la dimensión que posee en países como Italia, donde la crítica
se rinde a sus pies, o Francia, donde se ha convertido en un asiduo del
festival de Aviñón. Delbono fundó su compañía en la década de los 80
junto al actor argentino Pepe Robledo; luego vinieron tiempos oscuros:
la noticia de que padecía sida le sumió en una profunda depresión de la
que le salvó Bobó, un sordomudo que conoció en el psiquiátrico donde
llevaba cuarenta años internado. Fue un soplo de vida. Delbono se
reencontró con el teatro y, junto con Robledo, creó una nueva compañía
en la que, desde entonces, juegan un papel fundamental Bobó y otros
bailarines y actores discapacitados. Con ellos ha llevado a escena las
premiadas Mendigos (1997), Guerra (1998), El silencio (2000), Gente de plástico (2002) y Aullido
(2004), montaje que le trajo a nuestro país el año pasado. Con el
homenaje del Festival Internacional Punto Aparte de Murcia acaba de
rendirle Delbono ha sido presentado en sociedad como uno de los
creadores más arriesgados de la escena europea.
–Viéndoles actuar enseguida se comprende que forman una compañía
teatral distinta, como si para ustedes hacer teatro no fuera subirse al
escenario, hacer una representación de dos horas y seguir con su vida
normal.
–No, en efecto. Para nosotros el teatro es una experiencia que va de
los pies en la cabeza, no se limita a una mera tarea que realizas
durante dos horas de función. No es una actividad de ocio sino una
experiencia de vida, por eso no hacemos división entre teatro y lo que
hay fuera de él. Nuestro trabajo se nutre de lo que nos pasa y, a su
vez, nosotros lo transformamos en algo que llega al público de forma
distinta y a lugares distintos de donde te lleva el teatro convencional.
Un grito de libertad
–Es decir, que está más cerca del ritual que del entretenimiento...
–El teatro no es un lugar para pasar el rato. En él suceden las cosas
que ocurren en la vida, por eso en la compañía hay actores, bailarines,
analfabetos, minusválidos, gente con síndrome de Down...
–Defina su “teatro de la rabia”.
–Es un grito de libertad. La rabia es una ideología, una forma de
preguntarse y decir verdades. Surge de la necesidad de romper los muros
de la convención que hay en la vida cotidiana: la convención que rodea
al arte, a la política, a la televisión. Pero no es un teatro
anárquico.
–¿Qué lugar ocupa en esta visión el espectador? Da la sensación de que
viven una catarsis personal en la que no necesitan al público.
–El espectador entra en el juego pero no desde la comprensión. No me
gusta esa palabra, no me gusta “comprender una escultura, comprender
una música, comprender un libro”, etc. Eso es limitador. Si yo veo el Guernica
veo mi guerra, no lo que me dicen que todos debemos ver ante esa
pintura. El espectador debe estar libre de ataduras, incluidas aquellas
que le impone el director de escena. A mí siempre me agrada cuando un
espectador me dice que ha visto cosas en las que yo ni siquiera había
reparado.
–¿Cuáles son esas ataduras de las que hay que liberar al público?
–El teatro se ha intelectualizado demasiado. Se ha perdido el juego, el
público está rígido de cabeza. ¡Si hay quien enciende la luz del móvil
para leer el programa de mano en medio de la función! A eso me refiero,
a la necesidad de comprenderlo todo de forma intelectual y no emocional.
–¿Esa supremacía de las emociones no desplaza a las ideas?
–No. Nosotros hacemos un teatro político, de “contenido”, si es a lo
que se refiere: hemos hablado de la Iglesia, del Estado, del poder, de
la homosexualidad, de la televisión, de los inmigrantes... Para mí
“política” más que unas ideas convencionales es un cambio del lenguaje,
algo que se te agarra al estómago. Ese lenguaje es el grito al que me
refería antes.
–Su teatro tiende más a la danza y a la imagen que a la palabra.
–La palabra es importante pero la imagen y la danza permiten vivir la
experiencia. La palabra requiere de un esfuerzo intelectual pero en mi
caso también puede danzar. ¡La poesía es danza! Por eso me interesa el
teatro de Oriente, porque trabaja mucho sobre el cuerpo y menos sobre
la palabra.
–Hay palabras que danzan más que otras: Pasolini, Genet, Ungaretti. ¿Esos son sus referentes?
–Sí, y Shakespeare, por supuesto.
–¿Le resulta difícil hacer llegar su trabajo dentro de esa tendencia del teatro al psicologismo?
–Sí, pero se trata de una tendencia elitista de la cultura. Y ahí quien
tiene la responsabilidad es el artista, que a veces se olvida de la
gente.
–La exposición de fotos de Jean Louis Fernández se titula Heridas íntimas. ¿A usted el teatro le ha herido?
–Se refiere sobre todo al tiempo que pasé luchando contra la
enfermedad, algo que me afectó física y, sobre todo, psíquicamente.
Ahora estoy muy bien pero durante años la angustia de la enfermedad me
volvió loco; lo cambió todo, fue terrible. Con el tiempo me he dado
cuenta de que esa experiencia atroz me ha hecho más sabio. Pero no
hubiera podido salir de ahí si no hubiera sido por Bobó. Su
descubrimiento en el psiquiátrico de Aversa, donde llevaba más de
cuarenta años encerrado, me dio la vida. Esa persona pequeña tenía lo
que yo buscaba.
–¿Qué ha supuesto él para su compañía?
–Marcó un punto de inflexión, una nueva vida. Él, sordomudo,
analfabeto, microcéfalo, es puro tea-tro. Teatro, danza y poesía están
en cada uno de sus pequeños movimientos, en cada objeto que coge.
Descubrí la vida y la capacidad artística de gente como él; como
Nelson, un mendigo que encontré en Nápoles; como Gianluca, con síndrome
de Down, etc. Son personas llenas de heridas y de luz que están en mi
compañía.
Actores sin tics
–¿Cuáles son las ventajas y las desventajas de trabajar con actores no profesionales?
–Para mí son profesionales, aunque no hayan recibido formación académica. Gracias a eso se han liberado de los tics, las ataduras y las máscaras con las que se sale de las escuelas. Carecen de “actitud”, lo cual es una ventaja.
–¿Está en contra de la enseñanza de la interpretación?
–Estoy en contra de la pérdida de humanidad del actor porque es precisamente su humanidad lo que tiene de más valor.
–¿Bobó encarna su tipología de actor?
–Sí, es alguien que no es un virtuoso pero que trabaja con el cuerpo y
el movimiento, recuperando la vitalidad que hemos perdido. Posee la
energía de un niño.
–¿Qué proyectos tiene a la vista?
–Estamos preparando un nuevo montaje que se presentará en el próximo
Festival de Aviñón. Necesito al menos dos años para cada montaje porque
para crear primero tengo que vivir.
Otras citas del festival
- Aiguardent. La coreógrafa
Marta Carrasco interpreta este solo de danza-teatro dirigido por Pep
Bou y Ariel García Valdés. Carrasco, que ha trabajado con Àngels
Margarit y Ramón Oller, le otorga a la danza la expresividad
interpretativa del teatro. 2 junio. Iglesia de San Esteban (Murcia).
- De Goya a Borges. Rodrigo García presenta dos monólogos: Prefiero que me quite el sueño Goya a que me lo quite cualquier hijo de puta, inspirado en el cuadro de Goya Duelo a garrotazo
y que irá acompañado de una video-instalación, y Borges, un monólogo en
torno a la figura del escritor argentino. 3 junio. Sala Puertas de
Castilla (Murcia).
- Producto interior bruto (P.I.B). La
compañía murciana Rizoma Teatro propone un acercamiento al lenguaje de
los sordos, ayudándose de sonidos y músicas sugerentes. 6 junio. Sala
Puertas de Castilla (Murcia.
- Bach. Inspirado en El clave bien temperado,
de Bach, el montaje es un solo de danza que ejecuta con extraordinaria
precisión la bailarina y coreógrafa María Muñoz. 6 junio. Centro
Parraga (Murcia).
- Yo, Eurídice. El coreógrafo Juan
Antonio Saorin se ha inspirado en el mito de Eurídice y en las lecturas
Sonetos a Orfeo de Rainer Maria Rilke, Nocturno mediodía de
Sophia de Mello y El seductor de sueños de Daniele Tommasini para crear
tres Eurídices distintas con las que se identifican las tres bailarinas
que ejecutan esta preciosista coreografía. 8 junio. Anexo Auditorio de
la región de Murcia.
DE FRANCISCO, Itzíar
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