Sanchis Sinisterra
“Quiero dar un aldabonazo sobre el comercio de armas”

Con el título de Misiles melódicos,
José Sanchis Sinisterra se interna en el musical para ofrecer su
versión del “No a la guerra” y agitar conciencias. El Centro Dramático
de Aragón estrena mañana, en el Principal de Zaragoza, esta
tragicomedia que persigue la estela de Bertolt Brecht tanto en su forma
como en su fondo. Lo dirige el argentino David Amitin y la música es
del cantautor aragonés Gabriel Sopeña.
Es
uno de los pocos autores de teatro que son cortejados. Raro es que un
teatro oficial no se pliegue a la obra de Sanchis Sinisterra (Valencia,
1940), aunque él sigue fiel a las salas alternativas y también trabaja
para el teatro comercial (ha adaptado para el Fígaro de Madrid Ensayo sobre la ceguera, de Saramago, y el teatro estudia programar su gran éxito, ¡Ay Carmela!). Mañana, el Centro Dramático de Aragón (CDA) estrena su primer musical, Misiles Melódicos,
una tragicomedia que aborda con humor el comercio y tráfico de armas
desde la más estricta geopolítica progresista. Todo empieza cuando un
buen día el director de una empresa de armas (protagonizado por Javier
Zulueta) se despierta con una extraña anomalía en su garganta: en vez
de hablar, canta.
–Supongo que no es arbitrario la elección de este género híbrido entre
la comedia y el cabaret brechtiano para hablar del negocio bélico.
–Creo que la deuda más clara la tengo con Brecht. La obra surgió al
coincidir dos ideas: por un lado, empecé a conocer el horrible negocio
de las armas y, por otro, tenía curiosidad por acercarme al musical. Yo
ya había hecho un espectáculo de teatro-danza, Bienvenida, que
ha sido mi única incursión en lo que yo llamo el género danza-drama.
Desde entonces me quedó el capricho de hacer algo donde la música fuera
dramáticamente necesaria. Pensé en hacer una ópera de cámara, pero
luego dándole vueltas me aconsejaron que quizá tendría poco alcance y
que un musical tendría mayor repercusión. Y como soy tan ignorante de
la ópera como del musical no tuve problemas en cambiar. Así que mi
referente inmediato, en la medida de que ignoro todo sobre la comedia
musical americana, es papá Brecht.
–¿Cómo se escribe un musical?
–En mi caso tenía la idea del libreto y me reuní con Gabriel Sopeña en
una fase bastante inicial. Sopeña fue la persona en la que pensó el
Centro Dramático de Aragón (CDA), que dirige Paco Ortega, para la
música: poeta, cantautor, es una persona que ha trabajado en el mundo
de la música y la literatura y que, por tanto, lo he sentido muy
próximo. Yo le iba enviando el material y él iba trabajando.
–¿Y ese final ex-machina?
–Como le digo, mi referente es Brecht y cuando ya me estaba acercando
al final se me ocurrió la peregrina idea de hacer aparecer al Séptimo
de Caballería; me alarmé y me dije: es un final por los pelos. Pero
volví a leer La ópera de dos centavos,
que ofrece un final escandalosamente artificial. Porque no es la fábula
lo que importa, sino la temática; me interesa que permanezca en la
conciencia de los espectadores.
“No a la guerra”
–¿Es esta obra su contribución al movimiento “No a la guerra”?
–Bueno, si quiere, puede considerarlo así. Soy contrario no sólo a la
guerra, sino a todas las guerras, no sólo a las que están cerca
geográfica o cronológicamente. Pero como le digo, la raíz de este
espectáculo viene de antes, cuando el libro Las armas de la democracia,
de Viçens Fisas, cayó en mis manos, un libro que se publicó en los 80 y
que despertó en mí la alarma sobre el comercio de armas. Luego he
estado en contacto con él, pues dirige la cátedra de la Unesco de la
Pau , en la Universidad de Bellaterra, que me ha facilitado
documentación.
–¿Existen las compañías que se mencionan? ¿Por qué la empresa de armas
y sus directivos son vascos, personajes por otro lado muy vodevilescos?
–Algunos nombres son reales y otros han sufrido una pequeña
deformación. Si relee las obras de Brecht también le parecerá que los
personajes están llevados a la caricatura, a lo grotesco. ¿Y por qué
son vascos? Pues porque la mayor parte de la industria armamentista
española es vasca. De todas formas, mi interés era dar un aldabonazo en
la conciencia colectiva sobre este tema, así que me he permitido
esquematizarlo o simplificarlo.
–Usted toma partido en esta obra, opta por un enfoque político del
asunto ¿No teme que su visión disguste a un sector del público?
–Nunca he escrito teatro para gustar a todos los públicos, tanto si es
político o no. Escribo para buscar afinidades. Para mi sería
problemático gustar a todos. Ya me imagino que Terror y miseria en el primer franquismo molestó a mucha gente, aunque no creo que fueran ni a verla.
–No resultó fácil ver esa obra, no se exhibió en los teatros.
–La vieron 2.800 chavales de los últimos cursos de la Educación
Secundaria Obligatoria (ESO) y 1.800 o 2000 adultos. El público de
teatro no es sólo el que va a los teatros y a mí me interesa mucho
buscar otros públicos. De hecho, la idea de Misiles Melódicos esta
también conectada con la posibilidad de que Amnistía Internacional u
Oxfam la aprovechen para apoyar campañas. Creo que es una idea que el
CDA tiene en cuenta.
–Antes de Terror y miseria...usted había iniciado una trilogía dedicada a las Artes (El lector por horas , La raya en el pelo de William Holden)...
–Sí y Misiles melódicos,
que está dedicada a la música, es la tercera. Bueno, son trilogías muy
laxas. A veces veo un cierto nexo entre unas obras y otras. Por
ejemplo, ahora trabajo en una trilogía sobre la mente. La primera obra,
La máquina de abrazar, aborda el tema del autismo y todavía no se ha estrenado, pero sí la segunda: Flechas del ángel del olvido,
sobre la amnesia, que ahora está en la Rialto de Valencia. Y la tercera
parte de esa trilogía será sobre las personalidades múltiples. Pero ya
digo que la idea de las trilogías es muy elástica.
–Me parece ver en Terror y miseria (obra por la que le
concedieron el Premio Nacional de Literatura Dramática 2004) y en
Misiles melódicos que su teatro ha tomado un sesgo más de denuncia ¿es
así?
–No creo. Ya le digo que Flechas... está ambientada para más lío en un futuro y lo que se percibe es la denuncia de un sistema, pero en abstracto. Y La máquina de abrazar
también tiene algo político porque no me puedo quitar de encima la
desazón que me producen determinadas cosas, pero es una obra que trata
del enigma del autismo. No, no... yo sigo moviéndome en varios
terrenos. Ocurre que Brecht es una figura recurrente y me pasa no sólo
con él. Lo bueno de madurar es que descubres lo bueno que es la
relectura, autores que considerabas superados los relees y encuentras
dimensiones que te sirven para seguir creando. Es la virtud de los
clásicos.
–¿La elección de David Amitin para dirigir la obra ha sido a propuesta suya?
–No, no es exacto. Me lo sugirió Paco Ortega y yo tenía muy buenas referencia suyas.
–Lo digo porque tiene fama de ser un autor difícil de contentar con los directores de escena
–Ese es uno de los mitos que circulan sobre mí por ahí y que algunas personas hacéis circular.
Tregua de dos años
–Es dramaturgo asociado del Centro Dramático Nacional (CDN) ¿en qué consiste su labor?
–Somos un triunvirato, Juan Mayorga, Luis García Montero y yo. Gerardo
Vera (director del CDN) lo plantea como dramaturgos a los que puede
recurrir para colaboraciones distintas sin que nos sintamos
comprometidos. No es una figura contratada. Ahora, por ejemplo, Gerardo
nos ha encargado algo sobre el Quijote y estamos trabajando en torno a
una propuesta de Mayorga.
–Usted ha sido crítico con los teatros públicos por su escaso apoyo a
la dramaturgia española actual. Ahora que han cambiado los directores,
¿cómo ve el panorama?
–Creo que en Madrid, tanto el CDN como el Español están introduciendo
nuevos aires, hay gran voluntad de escuchar. Gerardo es muy buen
escuchador y, por lo tanto, habrá una diversificación de las
propuestas. Pero cuando se notará más es cuando esté abierta la
Olimpia, que es donde va a poder apostar por la nueva dramaturgia.
–Si se refiere autores españoles no parece que haya habido muchos
cambios: esta temporada el CDN ha programado a Mayorga, que ya lo
estrenó el equipo anterior, y queda Raúl Hernández para la sala de la
Princesa.
–Creo que es un poco prematuro para hablar ¿no le parece? Yo creo que a
un director de un Centro Dramático habrá que dejarle que diseñe por lo
menos dos temporadas seguidas.
PERALES, Liz
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