"BUSCO LIBERAR
SENTIMIENTOS" ENTREVISTA CON SERGI BELBEL
Desde que hace más de diez años empezó a
hablarse de un "fenómeno" asociado a su nombre, ha
sido el dramaturgo catalán más conocido de su
generación. Premio Bradomín 1985 y autor de éxitos
como Elsa Schneider, Dins la seva memòria, Hombres
o Después de la lluvia combina la escritura y la
búsqueda de nuevos caminos dramatúrgicos con la
dirección. No en vano el próximo día 27 estrena en
el Grec su primer musical, El temps de Planck, en
el que, según expresa, se “suelta en
sentimientos”.
Sergi Belbel lleva más de un
año trabajando en su último texto teatral, El
temps de Planck (El tiempo de Planck), un musical
con un trasunto poco frecuente: las teorías
de Max Planck, a quien la ciencia considera
el padre de la física cuántica. Se trata del
primer musical escrito por el joven dramaturgo
que se estrenará el día 27 en el Romea, dentro
del Festival Grec.
–Lo primero que sorprende es ese tema tan poco
común, y la presencia de Planck en el título.
–Max Planck, sí. No sé si se debe a mi obsesión
por encontrar algo nuevo en teatro. Ya está
bien de tratar, por ejemplo, la incomunicación.
Cuando dirigí en la Sala Beckett Carta a los
geólogos, me apasionó ver cómo el autor hacía
materia teatral de un tema científico desconocido
para el gran público. Yo no tengo ninguna formación
científica, pero siempre me ha apasionado la
ciencia, y he leído cosillas. Creo que la obra
surgió de esa afición, y pensé: ¿Por qué no
intento hacer otra cosa? El título puede asustar,
pero la obra no sólo habla de esto. Hay personajes,
acción e intento que el punto de vista desde
el que se enfoca el tema (la muerte) sea a través
de los ojos de alguien que lo conecta con la
física cuántica.
–La famosa constante de Planck…
–Exacto, formada por temperatura, longitud y
tiempo. Yo me he fijado en el tiempo, una fracción
infinitesimal, el tiempo mínimo en que puede
producirse un fenómeno físico y a través del
cual los científicos deducen qué pasó en esa
fracción de segundo, tras el Big Bang.
–Es difícil tratar el paso del tiempo en teatro,
aunque usted insiste en hacerlo.
–Es muy difícil. En este caso hay un tiempo
lineal, pero también un juego temporal. La obra
está vista también desde la imaginación de uno
de los personajes, y desde ese punto de vista
se rompen las leyes.
–¿Y cómo es posible hablar en teatro de punto
de vista?
–Hay un punto de vista narrativo objetivo, pero
en algunas escenas se rompe esa linealidad a
través del punto de vista de un personaje. Al
final hay una clara rotura de todas las normas
teatrales.
–¿Y cómo? ¿Puede avanzar algo?
–No (risas). Todo se rompe: los personajes cambian
de identidad, el tiempo avanza y retrocede…
–¿Final sorpresa?
–No. No lo sé definir. Digamos final especial.
Es un final prescindible, de todos modos.
–Y entonces, ¿por qué está ahí?
–Es una especie de homenaje a Planck: la distorsión
del tiempo, los fenómenos físicos irreversibles…
Hay alguien en la obra que no quiere que sea
así, quiere que el tiempo fluya en otra dirección.
–La física cuántica también defiende que es
posible viajar en el tiempo, ¿por ahí van los
tiros?
–Totalmente. Y no digo nada más.
–¿Considera, pues, que las mejores fuentes donde
puede beber un autor son las menos literarias?
–Sí, si no lo haces así cometes endogamia. Si
te ciñes mucho a un tema acabas haciéndote una
buena empanada mental. La clave es buscar cosas
que no tengan nada que ver, y encontrar las
conexiones entre ellas. Va bien para desintoxicar.
–También es la primera vez que escribe usted
un musical.
–Sí, hice la tentativa de hacer un musical irónico
en Sóc lletja (Soy fea), aunque era más bien
una obra de teatro con canciones. Fue suficiente
para ver que me interesaba el género. Es un
terreno en el que hay mucho por hacer.
–¿No teme las etiquetas en un momento en que
parece que el musical sufre cierto desprestigio?
–No les temo porque El temps de Planck es un
musical poco común. No hay números musicales,
ni coreografía, el texto es lo más importante,
aunque cantan, tocan en directo y hay música.
–En este caso, ¿la música es una excusa para
contar?
–No. Yo hice un texto susceptible de ser cantado
en cualquier momento, y no marqué lo que era
una canción y lo que no. Se lo enseñé al músico
(Óscar Roig) y aclaramos qué eran las canciones:
todo aquello que expresaba un sentimiento. Todo
fue muy laborioso, lento, pero ha sido muy interesante
porque, como autor, era un género nuevo, donde
siempre cabe la innovación. Y también porque
es un poco más sentimental que una obra de teatro.
Si no hubiera habido música, no me hubiera atrevido
a hacer algo tan "sentimental". Pero pensé:
"Venga, me suelto". En mis obras siempre freno
mucho los sentimientos. Aquí nada: todos lloran
y se quieren.
–Hábleme de su equipo.
–Son unos actores fantásticos: Pep Cruz, Mont
Plans, Roser Batalla, Rosa Galindo, Ester Bartomeu,
Pili Capellades y Fran Capdet. La parte actoral
se ve mucho, al revés de lo que pasa en otros
musicales.
–También prepara usted una coproducción TNC-CNTC:
El Alcalde de Zalamea. ¿Se enfrenta a Calderón
distinto a como se enfrentó a Goldoni, o a Guimerà?
–No. Pienso abordar a Calderón igual que abordé
a Shakespeare, Goldoni o cualquier otro.
–¿Y eso qué significa?
–Significa que me lo tomaré como un texto universal
que me gusta mucho, que trataré de explorar
y al que intentaré darle una lectura contemporánea
sin necesidad de maquillarlo con cosas raras,
de manera que llegue a cuanta más gente, mejor.
–Es usted director asociado de la CNTC. ¿Cree
que convendría redefinir la compañía de modo
que se creara una compañía estable?
–No lo tengo nada claro. A veces opino acerca
de estas cuestiones, y me siento tonto por opinar.
No sé de qué va dirigir un teatro, y no sé qué
sería mejor. Una cierta fidelidad es buena,
pero una regularización de una compañía provoca
algo horrible, y creativamente no funciona:
una suerte de funcionariado teatral. La crisis
de las compañías estables ha venido dada por
este fenómeno. Una cierta flexibilidad es mejor.
–Alonso de Santos acaba de ser nombrado director
de la Compañía. ¿No le ofrecieron dirigirla
a usted?
–No. Y si lo hicieran alguna vez les diría que
no. He tenido ofertas similares, y siempre me
he negado. Yo quiero hacer teatro. Y punto.