Hemos debido soportar decisiones personales
carentes de control social. Nunca se elaboró un proyecto
de gobierno, se prefirió introducir parches
La transición política española de la dictadura
a la democracia no estuvo tan llena de virtudes
como nos quieren hacer creer algunos, pero
supuso un cambio sin duda respecto a lo existente.
Donde no hubo transición fue en el teatro.
Crecieron los presupuestos de cultura y con
ellos los destinados a ayudas al teatro; se
crearon algunas instituciones teatrales de
financiación pública, etc.; poco más. Lo que
no se modificó en absoluto fue la estructura
de relaciones y la toma de decisiones dominante.
Cambiaron evidentemente los criterios y las
personas, pero la totalidad de las decisiones
siguieron en manos del cargo público de turno
y se adoptaron siempre con absoluta discrecionalidad.
Baste recordar que los teatros públicos nunca
disfrutaron de una autonomía administrativa
y de gestión, a fin de que asuman sus responsabilidades
programáticas y gestoras ante organismos colegiados
en los que se reúnen miembros de la administración
y de las entidades que configuran la sociedad
civil.
Tampoco se introdujeron las imprescindibles
reformas organizativas en el conjunto de la
trama teatral, ni se estableció un compromiso
por el teatro como bien de cultura. No hemos
tenido programas que establecieran un proyecto
a corto, medio y largo plazo que nos permitiera
trabajar hacia la consecución de objetivos
concretos.
Las autonomías, excepto en lo referente a
su producción propia y no siempre, han supuesto
en la práctica la gestación de peligrosas
endogamias, desconexiones y pérdida de expectativas
comunes. Hoy el terreno está erizado de dificultades
para establecer acuerdos que vertebren las
tareas escénicas en España y una gran parte
de la ciudadanía así como mucha gente de teatro
lo ignora. En definitiva, hemos debido soportar
decisiones personales carentes de control
social. Nunca se elaboró un proyecto de gobierno.
Se prefirió seguir dando continuidad a lo
existente, introduciendo parches más o menos
amplios. La Asociación de Directores de Escena
reclamó casi desde sus inicios la existencia
de programas específicos respecto a la organización
y desarrollo de la acción teatral, elaborados
por los partidos políticos o los gobiernos
que se han sucedido. Nunca se hicieron. Con
el mayor respeto hacia las tareas que emprendieron
en su día el INAEM junto a otras entidades
escénicas, la ADE se propuso la elaboración
de un Plan Nacional para el Teatro. Hemos
establecido un índice de 19 capítulos que
van desde los fundamentos de una política
cultural y teatral en un Estado moderno hasta
propuestas estructurales y organizativas,
la creación literiodramática, el concepto
de repertorio, etc. Sobre todo ello existen
numerosos estudios, algunos de ellos traducidos
al castellano, pero que simplemente no se
han leído ni tenido en cuenta nunca. Diré
para concluir que no es de recibo que sigamos
hablando de determinados temas con absoluta
impunidad y desprecio, como si estuviéramos
en épocas pretéritas. ¿Qué le pasa al teatro
y a las gentes que en él trabajan, que aceptan
el pasado existente como lo único posible?