CERCA DE tres cuartas partes de los españoles, el 68%, no asiste nunca
o casi nunca a una representación de teatro. Esta deprimente conclusión de
la última encuesta de hábitos culturales en España, publicada por el
ministerio y la Fundación Autor, debería obligar a recapacitar al sector,
abocado a una manifestación cultural minoritaria y sólo al alcance de
espectadores elegidos. En un país con una riquísima tradición teatral, los
clásicos no escapan ni mucho menos a este desinterés. A pesar de los
avances de las últimas décadas, el teatro sigue siendo un espectáculo
caro, de difícil acceso y con muy serias limitaciones de proyección
pública.
La citada encuesta indaga en las causas de la escasa asistencia teatral
y los aficionados se quejan, en general, de los altos precios de las
entradas, de la ausencia de montajes de interés en sus pueblos y ciudades,
si exceptuamos las carteleras de Madrid y de Barcelona, y de la pobre
divulgación y publicidad de las obras.
Todos los expertos coinciden en que la popularización del teatro pasa
por un decidido empuje de las instituciones públicas, pero subrayan
también que la afición al teatro se ha de fomentar, sobre todo, desde el
sistema educativo, colegios e institutos, y desde los medios de
comunicación. Las fórmulas ya están ensayadas con éxito en países como el
Reino Unido, Alemania o Francia. Sólo hace falta copiarlas.