Las calles de Almagro, durante
la celebración del Festival de Teatro Clásico en 2001.
(EFE)
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La fortuna desafortunada del teatro de Cervantes por los escenarios del
mundo, y en especial por los de España, es cuestión no resuelta aún.
Ocurre, sin embargo, que esa parte de la producción cervantina, catalogada
como "teatro frustrado", según recogía en 1977 el profesor Canavaggio,
puede ser reconsiderado, precisamente desde la historia del escenario,
desde su vida escénica, esa que años más tarde le permitirá hablar, y con
fundamento, a Francisco Nieva, de "una frustración genial". Y en esa
fortuna mucho tuvo que ver el propio Cervantes, asunto oportuno ahora que
empieza el Festival de Almagro y siguen los espectáculos sobre el
Quijote.
Haciendo la historia
El citado y eminente cervantista, Jean Canavaggio, ha subrayado que
mucho de lo que sabemos del teatro de Cervantes es información de su
autor. Y ésa es la cuestión. En el "Prólogo al lector" a sus Ocho
comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados (1615)
reproduce su intervención en una tertulia: "Como el más viejo que allí
estaba, dije que me acordaba de haber visto representar al gran Lope de
Rueda". Se inaugura así o, si se prefiere, se verbaliza el inicio de la
historiografía teatral en España. Pues en realidad nos encontramos ante un
importante documento, pero, como tal, intencionado, interesado, ya que
Cervantes ensalza a Lope de Rueda que "puso en toldo" ("dignificó,
enalteció") al teatro, valorando precisamente una eficacia dramática
conseguida con sencillez de medios, sin tramoyas ni desafíos, pero teatro
ya superado por el "mercado". Y con esta valoración ("ni entonces ni
después acá ninguno le ha llevado ventaja"), en apenas una línea escribe
Cervantes, es decir, reescribe o "narra" la historia del teatro, teniendo
probablemente en mente su propio teatro, el que da a la imprenta, por
fracasado ante los nuevos empresarios del teatro. Y ante los nuevos
autores de éxito. Por ejemplo, Lope de Vega.
Pero Cervantes así ejerce también otra dimensión de la historia, la que
proviene de la experiencia y de la mirada del testigo, de la vivencia de
la memoria. Lo que, por cierto, no es querer decir, ni antes ni ahora, que
Cervantes sea un precedente del debate, en el siglo XX, sobre qué es
historia. Más bien aquí vendría a cuento la costumbre -tan arraigada entre
las gentes del teatro- de contarse anécdotas acerca de ellos mismos y sus
colegas al encontrarse, como Cervantes, "en una conversación de amigos".
Practicando así un modo de afirmar, como escribe David Mamet a propósito
de dicha costumbre: "Ésta es la auténtica historia. Yo estaba
allí".
Sólo que, como continúa el dramaturgo norteamericano, esas anécdotas
son exactamente las mismas que se contaban Aristófanes y sus amigos. Si
bien, volviendo a Cervantes, éste envuelve los datos sobre Lope de Rueda,
por partida doble y contradictoria: si hubiera lugar, dice, incluiría en
su prólogo argumentos y versos que "acreditaran esta verdad", a la vez que
todo queda a expensas de la fiabilidad de una memoria hecha de la misma
materia que la que reaparece en toda su escritura, por ejemplo en el "yo
me acuerdo de haber visto salir al teatro" del Licenciado Vidriera, o toda
la "novela teatral" del Coloquio de los perros, relato dialogado
entre memoria y presente, antes de que sus personajes queden, al alba, "a
la sombra del silencio".
Otro proyecto de teatralidad
Saliéndonos de ese Cervantes que se construye a sí mismo, sus comedias
-aparte de los entremeses y la tragedia Numancia, de cualidad
dramática reconocida- no sólo no habían sido aceptadas por las gentes del
teatro del XVII, sino que los estudiosos de esa parte de la producción
cervantina encuentran motivos para ese rechazo; por ejemplo su excesivo
apego a la poética clásica e incluso que resulten arcaicas para el gusto
emergente que la comedia nueva conlleva como motor de su éxito
escénico. Y bien, ambas cosas, avatar empresarial de la época y juicio del
estudioso posterior no parecen ser independientes, como indicaremos muy
brevemente, pues su cabal argumentación sería prolija, excesiva, para este
lugar y ahora.
Constata, pues, Cervantes que tras sus éxitos de antaño (la
Numancia o Los tratos de Argel) -quizás entre 1581 y 1587- a
su regreso a Madrid encuentra que nadie de la profesión contrata sus
nuevos textos, por lo que decide publicarlos en 1615, para que pervivan en
el papel, ese escenario de todo escritor.
Tal decisión puede responder, como razonaba en su día el profesor
Jenaro Talens, a la voluntaria contextura de una escritura teatral pensada
como narratividad. Hipótesis que refuerza nuestra convicción de que el
teatro de Cervantes es otro proyecto dramatúrgico, una teatralidad
otra, de cuyo rechazo, como se dirá en el Quijote "no está
la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos que no saben
representar otra cosa" (I, Capítulo XLVIII). Sería cuestión aquí, si
hubiera espacio, extenderse en ese público o vulgo, al que, como afirmará
Lope de Vega, hay que escribir en necio, y al que tratan de atender los
profesionales del teatro de entonces, como de modo parecido ahora suelen
argumentar los responsables de la programación televisiva. Pero, así
planteado, sería digresión obvia. En lugar de ello, ciñámonos a la
valoración de muchos expertos, al menos hasta hace poco.
Lo que está en juego en esa valoración que justifica el "fracaso" de
las comedias de Cervantes es una concepción evolucionista del teatro,
según la cual el teatro de Juan del Enzina es más tosco que el de
Cervantes, y éste más arcaico que, al fin, el modelo de la comedia
nueva, que con Lope triunfa en el XVII. Aparte de que esa perspectiva
ignora las deudas del triunfador del corral barroco con la escuela mal
llamada (por incidir en el evolucionismo) pre-lopista, tal concepción
lineal nos llevaría al absurdo corolario de que el teatro de Lope o
Calderón es un aparato tosco con respecto al de Chéjov o Beckett.
Representar es interpretar
O por resumir: un teatro "otro" requiere "otro" modo de abordar su
puesta en escena, y no a través de la óptica del modelo de comedia
consagrado en el barroco. Que algo hay de cierto en esta propuesta o
suposición lo viene a confirmar la suerte del teatro cervantino en el
siglo XX, como muestran algunos hechos. Ante todo, tenemos el caso de la
carrera de La destrucción de Numancia, tragedia con la que
Cervantes ha subido a los escenarios de la mano de -ambos en 1937- Alberti
en Madrid y Jean-Louis Barrault en París, éste con la ayuda de Alejo
Carpentier, Roger Blin y el aplauso de Claudel o Dullin. Pero también, en
otros años, las versiones de Tamayo, Salvador de Madariaga, Robert Marrast
o Miguel Narros. Formando así una especie de hit parade del teatro
clásico español más universal, junto al Lope de Fuenteovejuna y el
Calderón de La vida es sueño.
Pero, sin duda, aún es más sintomática la fortuna de Cervantes entre
las gentes del teatro español más significado en el siglo XX por su
disidencia. Por de pronto, y desde el inicio, Valle-Inclán, que trae a
Cervantes por las farsas de su Tablado de marionetas, y lo pone,
junto a Quevedo, mirando al mundo desde arriba, y así convirtiendo a los
dioses en personajes de sainete. Por eso y tantos otros motivos,
Valle-Inclán y Cervantes son la pareja que fecunda el teatro más ambicioso
de la segunda mitad de siglo, ya desde Buero Vallejo. Y si Valle-Inclán es
el maestro reconocido, Cervantes será el padre o el interlocutor para
autores que le hacen protagonista escénico de sus textos -poco
representados-, tal es el caso del Viaje infinito de Sancho Panza
(Alfonso Sastre), Literatura española (Rodríguez Méndez), El
engaño a los ojos (López Mozo) y otros.
Se dirá que ése es el Cervantes del Quijote. Sí, pero también el
de las Novelas ejemplares, entremeses, comedias y tragedia. Porque
ésa es la cuestión medular: que la teatralidad o la dramaticidad que
constituye la esencia del arte escénico está en Cervantes en el conjunto
de su escritura, en toda su obra como programa de decir el mundo. Por eso
hay que celebrar, pero resignadamente, que este centenario del
Quijote haya privilegiado, hasta la fatiga, las mil
escenificaciones del Quijote. Pero uno, como espectador, no puede
olvidar la maravilla que fue el trabajo de Francisco Nieva en Los baños
de Argel y la reciente propuesta del Retablo de las maravillas
de Albert Boadella. Teatro en estado puro e intenso: disidente o
resistente.
Antoni Tordera es profesor universitario de
teatro y director escénico.