Recortes



Sobre las posibilidades y las limitaciones de un teatro crítico, por Gracia Morales
(20/12/01)

Para inaugurar esta sección que Remiendo Teatro se ha propuesto desarrollar como un vehículo de indagación, diálogo y cuestionamiento desde nuestras propias experiencias, hemos escogido un tema que, sin duda, supone un motivo de reflexión constante: las posibilidades de la escena como espacio de crítica social. Por tanto, quiero destacar que, si bien soy yo quien redacta este breve texto, casi todas sus ideas se han ido generando dentro de Remiendo Teatro y sospecho que nos identifican y nos representan.

Empiezo aclarando que la pretensión de estos párrafos no es tanto adscribirse a una "poética escénica" concreta, sino darle forma escrita a determinadas cuestiones que, ni como autora ni como integrante de un grupo amateur, he conseguido resolver todavía. Sí reconozco un punto de partida básico e irrenunciable: el compromiso estético y ético de cualquier producción artística. En mi caso esa "estética" y esa "ética" responden a la necesidad de encontrar un discurso capaz de agrietar los fundamentos de una sociedad alienante y cosificadora, que trata de anular o reducir nuestra capacidad de decisión y de actuación.

El teatro, por ser la reproducción física de un diálogo, no sólo interno (entre los actores) sino externo (entre un emisor colectivo -autor, director, actores, escenógrafo, iluminador, etc…- y el público), favorece que el mensaje se transmita de una forma muy directa y arriesgada. Según la convención clásica, el espectador debe permanecer al margen del espectáculo, pero, a su vez, habrá de estar escogiendo, simultáneamente a su ejecución, si se deja o no llevar él y de qué modo: ésa es su responsabilidad activa, sin la cual no se puede producir la comunicación. Dicha característica, brevemente apuntada, convierte a este género en un vehículo muy sugerente para indagar en la actualidad más inmediata.

Es por esta posibilidad real que ofrece el teatro por la que lo considero una poderosa herramienta de ruptura y creación, incluso un arma de ataque, en el interior de un sistema donde cada vez tenemos menos capacidad para actuar fuera de los límites establecidos por el poder. Para ello es preciso interpelar al público, cuestionar sus certezas, inquietarlo en el sentido etimológico de la palabra: no dejarle que se quede inmóvil, con-moverle, pero inteligentemente.

Ciertamente, quien toma esta dirección se enfrentará pronto a una importante circunstancia: el hecho de que, hoy día, cualquier actividad artística equivale a un producto dentro de un mercado de compra y venta. Según creo, desde un punto de vista ideal, un "creador" debería no dejarse limitar por dicho contexto mercantilista y no aceptar más obstáculos que los que su propio inconsciente le imponga.

No obstante, en la práctica, y sobre todo en el mundo del teatro, todo esto es bastante más complejo: lo habitual es que una compañía de teatro trate de hacer un montaje "vendible", y no sólo por una cuestión económica, sino porque, de otra forma, su esfuerzo de creación caerá en un total aislamiento. Y aquí es donde radica el problema más difícil de resolver: encontrar un lenguaje al que pueda acceder un amplio número de espectadores, sin renunciar a esa función cuestionadora, crítica, hiriente incluso, del teatro. Sé que muchos autores o directores se situarán en los otros dos extremos posibles: o interesarse solamente por un teatro que "funciona" económicamente, que responde a "la moda" y no le plantea al público ninguna inquietud, o bien considerar que la experimentación artística ha de situarse por encima o al margen de las posibilidades de recepción.

En el caso de Remiendo Teatro, nuestra respuesta actual a esa búsqueda de un espacio donde sea posible conjugar el "compromiso ético y estético" con la voluntad de acercarse al público se basa en la fórmula, ya clásica, de, a partir de un lenguaje cómico, introducir elementos de distorsión y de violencia incluso. Elegimos hablar de algún aspecto criticable de nuestra realidad, pero distanciándonos de él, llevándolo a lo absurdo o lo ridículo. En algún momento puntual, el mensaje puede evidenciarse, para volver después a ese juego de lo grotesco o lo inusual. Esta propuesta, que se encuentra en los textos de nuestros dos montajes en gira, Vistas a la luna y 9.15: Martínez Ruiz, es también uno de los ejes en torno a los que se ha desarrollado su puesta en escena.

Sin embargo, no es ésta una posición fácil de resolver en la práctica. Sobre todo porque, siendo consecuentes, su realización nos lleva inevitablemente a la auto-crítica y a la ironía, a la conciencia de nuestras propias limitaciones, inmersos en un sistema que nos ofrece una libertad falsa, llena de barreras que todos ayudamos a construir y mantener. Por eso son necesarios los pequeños gestos: por eso es importante para mí redactar este artículo y suponer que habrá gente que lo lea y que reflexione a su favor o en su contra. Y aunque soy consciente de estar repitiendo ideas ya expresadas muchas veces, considero que quizá no deberíamos dejar nunca de recordarlas.

Gracia Morales
gracia@remiendoteatro.com
Diciembre de 2001

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