Alan Bates y Julie Christie,
en una secuencia de 'El mensajero', de Joseph Losey, con guión de Harold
Pinter.
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Pinter asume su tradición y crea
algo nuevo con ella
Durante la pasada década, cuando vivimos en Londres, mi esposa Silvia y
yo nos reunimos a cenar, por lo menos dos veces al mes, con Harold Pinter
y su mujer, Antonia Fraser. Él proviene de un barrio modesto de Londres y
su posición actual la debe a talento, talento y más talento: la suma de un
genio del arte teatral. Él es judío. Ella es católica. Ella desciende de
una familia de la aristocracia anglo-irlandesa pródiga en historiadores,
parlamentarios y, como la propia Antonia, biógrafos. Son una pareja unida,
de extraordinario apoyo mutuo, de respeto a los tiempos de cada cual y de
activo compromiso político. Ambos son laboristas críticos, opuestos a la
actual política exterior norteamericana y defensores de la justicia en su
propio país, la Gran Bretaña.
La firmeza y elocuencia de los juicios políticos de Pinter parecerían
contrastar con los famosos silencios que puntean sus obras de teatro. No
hay tal. El ciudadano y el artista se complementan en el sentido de que,
antes de actuar en el mundo, cada uno de nosotros, palabra más, palabra
menos, actúa en su casa. Y mientras no te ajustes a tu propia casa -a tu
mujer, a tus padres, a tus hijos, a tus amigos, a tus sirvientes-, ¿cómo
vas a salir a dar "las batallas del mundo"?
El teatro de Pinter ocurre en
un territorio doméstico cuya serenidad es rota por rumores de lo que
ocurre afuera pero, sobre todo, por los silencios de lo que ocurre
adentro. Los temas "pintorescos" son los del hogar amenazado por el
intruso, la casa como campo de batalla de las familias, el lecho como
espacio de la supremacía sexual, el hombre como portador de brutalidad y
delicadeza, la mujer como incógnita permanente, el matrimonio como sexo y
fantasía para no sucumbir a sexo y costumbre, la violencia interior como
preludio de la política y la historia.
Pinter habla muy poco de sí mismo y de su teatro. Insiste en que las
obras son lo que son y dicen lo que dicen. Como Buñuel al comentar su
cine, Pinter dice de su teatro: "No reconocería un símbolo aunque lo
viese". Se describe como "directo y simple" en sus obras. Sabemos que son
el ejercicio más complejo del teatro contemporáneo. El retrato más
corrosivo de cómo vivimos y cómo hablamos. La escenificación más temible
del yo del lenguaje como arma de la opresión.
He comentado alguna vez que existe un contraste llamativo entre la
abundancia verbal con la que los escritores latinoamericanos llenamos los
vacíos de nuestra pobreza material (Neruda, Lezama Lima, Carpentier) y la
parquedad con que los europeos ilustran su abundancia material (Kafka,
Beckett, Pinter). No es regla absoluta. Nadie más riguroso que Borges.
Nadie más desbordado que Céline. Pero en términos generales, nosotros
suplimos con verbo la ausencia. Ellos enjuician con silencio la
abundancia.
Harold Pinter ilustra una convicción mía: no hay creación que no
trascienda la tradición y no hay tradición que no se renueve con la
creación. Las raíces de Pinter en el teatro inglés son antiguas y muy
profundas. El lirismo terrenal de Shakespeare, la violencia de Marlowe,
Webster y Kyd, así como la parodia burlona del teatro de salón. La escuela
del "realismo de cocina" (Osborne, Delaney, Wesker) y la soledad del mundo
cuando los dioses se retiran (Beckett). Heredero y renovador, Pinter asume
su tradición y crea algo totalmente nuevo con ella. Crea una tradición
que, desde ahora, arranca de él.
Uno de los pocos pasajes explí
citos de Pinter se refiere a su fallido guión cinematográfico para la
obra de Proust. Al respecto, Pinter cuenta que al adaptar En busca del
tiempo perdido, no pretendió rivalizar con Proust, sino serle fiel.
Hay dos movimientos en la adaptación. Uno va hacia la desilusión, el otro
hacia la revelación. La síntesis es que el tiempo perdido se recupera y se
fija en la obra de arte. La película se abriría con una pantalla amarilla
y el doblar de una campana. Se cerraría con el paisaje de Delft, la luz de
Vermeer y las palabras "llegó el tiempo de comenzar".
El Premio Nobel de Literatura a Harold Pinter es uno de los más
merecidos en la historia de esa institución. Desde acá, acompaño a Harold
y Antonia en esta hora de la verdad que es el triunfo de la imaginación
literaria y de la valentía política.