Recortes



Veranito porteño para los espectáculos teatrales. Enviado por el CELCIT. (17/06/03)

Desde hace una década, el teatro no registraba una afluencia de público como la que se produjo este año. Los productores calculan que un millón de personas pasaron ya por las salas del Centro.

Desde hace dos meses, transitar por la avenida Corrientes los sábados a la noche se ha vuelto una actividad un tanto compleja: hay que esquivar grupos de paseantes de andar tranquilo, autos estacionados en doble fila, pequeñas muchedumbres detenidas a la espera de algo. ¿De qué? De entrar a un teatro. No es ninguna noticia, podrá decirse: en sus trece cuadras entre Junín y Esmeralda hay 21 salas, y por algo se ganó el apodo de la calle que nunca duerme. Pero hasta hace poco tiempo ese mote histórico había quedado para los nostálgicos, y al caer el sol la calle más famosa de Buenos Aires se convertía en un páramo por más fin de semana que fuera. La novedad es que se está desempolvando el famoso cartelito de no hay más localidades y, si bien Corrientes es el epicentro, el fenómeno no termina ahí, sino que se extiende al resto de la ciudad.

Que quede claro: se está a años luz de la época dorada de la actividad. Desde los 50, cuando empezó a haber registros con cierto grado de confiabilidad, esa década fue la más exitosa, con un promedio de casi tres millones de espectadores anuales (en 1950, 3.626.297 personas compraron entradas, según la Asociación de Promotores Teatrales). Más cerca en el tiempo, el movimiento ni siquiera se acerca al de 1977, cuando el público llegó a la cifra de 1.827.877. El récord lo tiene el espectáculo de revista de Nélida Roca y Jorge Porcel, en 1974 en el Astros, con 285 mil entradas. Ahora, los empresarios estiman que, como mucho, un millón de personas por año se acercan a las salas del llamado teatro "comercial" o "profesional" (hecho en grandes salas privadas, a diferencia del "oficial", mantenido por el Estado, y el "off", montado en salas generalmente pequeñas). Si bien sigue lejos de ser un negocio redondo, esta temporada ya superó ampliamente las expectativas y alcanzó un grado de masividad que no se veía desde hace una década.

Así lo evalúa Carlos Rottemberg, productor teatral y dueño, entre otras salas, del Multiteatro, donde se presentan El camino a la Meca y No seré feliz pero tengo marido: "En los 28 años que llevo en esto, cada año hubo una nota titulada El teatro está de onda o El boom del teatro entre abril y agosto (temporada alta). Y después, entre septiembre y marzo (temporada baja), otra nota de los mismos medios hablaba de la crisis del teatro. En total, son 56 notas. Más allá de esto, que es medio en broma, es cierto que hace unos dos meses que los empresarios teatrales estamos sorprendidos. En febrero no creíamos que veríamos el centro como lo venimos viendo desde abril. Es comparable a lo que fueron las temporadas del 92 y del 93".

Rottemberg es el productor de Brujas, una de las obras más convocantes de la historia: desde 1991 la vieron unos dos millones de espectadores y sigue en cartel en el Interior. Otro que batió récords en los últimos 20 años es Enrique Pinti que, con Salsa criolla, atrajo a 1.700.000 personas entre el 85 y el 94. El actor sigue siendo un fenómeno de público: Candombe nacional, estrenada en enero del 2002, iba a representarse en el Maipo sólo dos meses este año, y ya se extendió hasta agosto. Lino Patalano, dueño de esa sala y también productor de los convocantes Les Luthiers, está sorprendido: "Esto superó todas las expectativas. El 2000 y el 2001 fueron catastróficos, y por eso esperábamos que el 2002 fuera la peor temporada de la historia. Pero inesperadamente, desde el año pasado la gente se volcó al teatro, hasta alcanzar el pico actual". De todos modos, señala Patalano, este fenómeno es apenas un respiro: "Antes, cuando tenías un éxito podías solventar dos o tres fracasos. Ahora, en cambio, cuando no te va bien te querés matar".

La masividad no se limita sólo al teatro "comercial". El teatro "oficial" también está reuniendo una interesante cantidad de público: en lo que va del año, al Complejo Teatral de Buenos Aires —integrado por el San Martín, el Alvear, el Regio, el De la Ribera y el Sarmiento— fueron 192.286 personas, con picos en la repuesta Copenhague, ya bajada de cartel, Las variaciones Goldberg y Romeo y Julieta. Su director, Kive Staiff, afirma que si bien "en líneas generales hay más gente", la afluencia masiva "no es un fenómeno extraño para el San Martín", teatro que, indica, "se ha convertido en un lugar simbólico" y "tiene precios accesibles" (las entradas del Complejo van de cuatro a ocho pesos).

El teatro "off" tampoco es ajeno a la mayor concurrencia. Dos ejemplos son El fulgor argentino, obra de los vecinos de Catalinas Sur, y Las polacas, la trilogía que se presenta en el Patio de Actores y requiere reservas de hasta un mes de anticipación. Son apenas dos casos de un vasto universo: por fin de semana se presentan más de cien obras independientes, cifra superior a los circuitos alternativos de Nueva York y las grandes capitales europeas.

La pregunta del millón es ¿por qué va la gente al teatro? Nadie tiene la respuesta, y menos para cada caso puntual.

atalano subraya: "Nadie sabe por qué una obra funciona o deja de funcionar. Hacer teatro es como jugar a la ruleta, uno apuesta y el éxito depende del azar". Una versión un poco más simple del interrogante sería ¿por qué va la gente al teatro en este momento, con altísimos índices de pobreza y desocupación? Rottemberg hace hincapié en el "estado de ánimo de la gente, que está predispuesta a ir". Staiff profundiza el concepto sociológico: "En un país en crisis, el público encuentra en el teatro respuestas a las preguntas sobre cómo se ha podido producir esta acelerada decadencia, cuál es el rol del individuo en la sociedad, y qué hacer en el futuro. Una obra se convierte rápidamente en un episodio colectivo: no es menor el dato de que se reúnen mil personas en una sala y comparten un episodio ideológico y estético con otra gente que está sobre el escenario. El teatro ofrece una reconciliación humana". Patalano adhiere: "Es la única manera de estar en contacto con mucha gente en un contexto que no es el del caos de lo que pasa diariamente. Ir al teatro es una fiesta".
Aunque nadie tenga la certeza de cómo producir un éxito, hay diferentes tácticas. Ariel Stolier, productor ejecutivo de La Plaza, explica la estrategia de marketing que utiliza ese complejo teatral: "Hay que entender cuál es el público adecuado y segmentar audiencias, porque no todo es para todos". Esto es, concretamente, ofrecer obras dirigidas a mujeres (Porteñas), a jóvenes (Lagarto blanco, Cómico Stand Up), clase media de más de 40 (Made in Lanús) y niños (varias producciones). Además, se apunta a tener "la calidad artística y el color progresista" de los teatros oficiales y asemejarse lo más posible "a un centro cultural". También incluye la acción directa, como promociones para clientes de tarjetas de crédito y empresas de cable, y paquetes que incluyen cena y estacionamiento en el complejo.

Rottemberg opina que la mejor forma de difusión "es el boca a oreja" y que la publicidad más efectiva es la visión, en vivo y en directo, de las largas colas en la calle. Al respecto, revela un procedimiento non sancto para atraer público: "La trampa mayor es citar a la gente mucho más temprano que el horario real. Por ejemplo, si un teatro tiene dos funciones de una obra que dura dos horas, y las anuncia 21.30 y 23.30, es obvio que lo que quiere es que la gente cuando llegue se encuentre con los que están saliendo, así se forma una muchedumbre impresionante en la vereda". Otra triquiñuela, cuenta, es anunciar con bombos y platillos que se agrega una segunda función. "Lo que nadie dice —critica— es que acá la revista hacía 15 funciones semanales, con doblete viernes, sábado y domingo". Otras épocas, otro país.

Gaspar Zimerman. Clarín. 14 de junio de 2003

 

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